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psicoFISIOLOGÍA DEL ESTRÉS: Tensión, Violencia Y Agresividad Autodestructiva  

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1.   INTRODUCCIÓN......................................................................................................................................... 1

1.1.       Las Catecolaminas: Adrenalina y Noradrenalina............................................................................... 2

1.2.       Los Glucocorticoides.......................................................................................................................... 3

1.3.       Disfunciones Orgánicas y Neurotransmisores.................................................................................. 4

1.3.1.       Atrofia del Hipotálamo...................................................................................................... 5

2.   MECANISMOS FISIOLÓGICOS EN LA RESPUESTA DE ESTRÉS................................................. 5

2.1.       El Sistema Nervioso Central.............................................................................................................. 6

2.2.       El Sistema Nervioso Periférico........................................................................................................... 6

2.2.1.       El sistema nervioso somático............................................................................................ 6

2.2.2.       El sistema nervioso autónomo......................................................................................... 6

2.2.2.1....... El sistema nervioso simpático........................................................................ 6

2.2.2.2....... El sistema nervioso parasimpático................................................................. 7

3.   LOS TRES EJES FISIOLÓGICOS DE LA RESPUESTA DE ESTRÉS................................................ 7

3.1.       Eje Neural............................................................................................................................................ 8

3.2.       Eje Neuroendocrino........................................................................................................................... 9

3.3.       Eje Endocrino................................................................................................................................... 10

4.   DISTINTOS ASPECTOS DE LA ACTIVACIÓN FISIOLÓGICA...................................................... 12

4.1.       Activación Inmunitaria..................................................................................................................... 12

4.1.1.       Efectos del Estrés en la Respuesta Inmune.................................................................... 12

4.2.       Activación Conductual...................................................................................................................... 14

5.   psicofisiología de la respuesta de estrés...................................................................... 14

5.1.       Perfiles de Personalidad y Respuesta Fisiológica............................................................................. 15

6.   Reactividad Emocional, Cardiovascular y PCTA....................................................... 16

6.1.       Reactividad e hipertensión................................................................................................................ 18

7.   CONCLUSIONES........................................................................................................................................ 18

 “Cualquier afección de la mente, acompañada de dolor o placer, esperanza o miedo, produce una agitación cuya influencia se extiende al corazón”

(Willian Herrey, médico 1623)

1.          INTRODUCCIÓN

Partiendo del concepto de estrés, conocido por todos, podemos adentrarnos en el conocimiento de algunos de los procesos fisiológicos más relevantes que se desencadenan en los sujetos que lo padecen. Para ello, es necesario retomar la concepción de “respuesta orgánica de estrés”, es decir, todos aquellos cambios fisiológicos que experimenta un individuo como consecuencia de estar sometido a una “situación de estrés”. Esta respuesta orgánica conlleva una activación tanto fisiológica como cognitiva y ambas están estrechamente relacionadas.

En primer lugar, hay que aclarar que la respuesta fisiológica persigue afrontar la situación estresante que la ha provocado. El corazón late más deprisa, llega más sangre y oxígeno a los músculos y al cerebro, los reflejos son más rápidos... en definitiva, el cuerpo se prepara para realizar una actuación que exige un sobreesfuerzo físico y mental, y así permitir al organismo dar una respuesta adecuada a la demanda, Gª Fernádez-Abascal, E (1997)

En segundo lugar, hay que advertir que, para alcanzar tal grado de activación, el cerebro secreta una serie de sustancias que actúan como mensajeros químicos o neurotransmisores, que se encargan de activar otros órganos corporales en cuestión de segundos, preparándolos para emitir una respuesta eficiente. Según Slipak (1991), una neurotransmisión es el conjunto de fenómenos dinámicos concatenados que sirven para comunicar las neuronas entre sí y con los órganos efectores mediante procesos metabólicos, eléctricos y energéticos. Una vez que ha sido estimulada la neurona, se activa la liberación del neurotransmisor para que se incorpore a la hendidura sináptica y permita la estimulación de la célula postsináptica.

Estas sustancias activadoras pueden ser secretadas por las terminaciones del sistema nervioso en el órgano directamente afectado por el neurotransmisor, o bien pueden haber sido liberadas por otras glándulas en el torrente sanguíneo para que afecten más ampliamente al organismo. En este segundo caso, las sustancias secretadas son hormonas, de acción más lenta como neurotransmisores.

Los neutrotransmisores más estudiados son los glucocorticoides y las catecolaminas: Adrenalina y Noradrenalina[1]. Todas estas sustancias son sintetizadas en las cápsulas suprarrenales. Los glucocorticoides (y mineralocorticoides) son secretados por las glándulas suprarrenales a través de la vía hormonal, mientras que las catecolaminas son liberadas a través de las terminaciones del sistema nervioso simpático[2] (SNS) El cuadro 1 recoge un breve esquema de este proceso de síntesis de los neurotransmisores.

1.1.       Las Catecolaminas: Adrenalina y Noradrenalina

Constituidas principalmente por la Adrenalina, Noradrenalina y dopamina[3], las catecolaminas desempeñan un papel primordial en la activación general producida en situaciones de estrés. La médula adrenal, que recibe inervación directa del SNS, es la glándula endocrina en la que se genera la mayoría de estas sustancias.

La Adrenalina y la Noradrenalina están muy relacionadas con el desencadenamiento de la reacción de “lucha o huida” ante estímulos estresantes. La síntesis de Noradrenalina se incrementa en situaciones de estrés físico, cólera y conductas de alto riego. La síntesis de Adrenalina obedece más a estados de estrés psíquico, cargados de ansiedad, angustia y miedo.

Las catecolaminas se sintetizan a partir de la tiroxina presente en la corriente sanguínea. Gregory (1995) determina la vía metabólica de este proceso de la siguiente forma:

tiroxina® dihidroxifenilalanina® dopamina® Noradrenalina® Adrenalina

Cuadro 1. Lugar de síntesis de glucocorticoides y catecolaminas

Para que las células puedan sintetizar catecolaminas, es necesaria la presencia de ciertas enzimas catalizadoras que desarrollan el proceso metabólico anterior. En la médula adrenal, la Noradrenalina y la Adrenalina funcionan como hormonas, y son vertidas a la corriente sanguínea cuando así lo “ordena” el SNS. Lo más notable de este proceso es que se produce como respuesta fisiológica ante todo tipo de estímulos estresantes.

El sistema nervioso periférico utiliza la Noradrenalina como neurotransmisor con el que influir en la actividad de las células de la musculatura lisa en una amplia diversidad de tejidos (Gregory, 1995):

“...control del diámetro de la pupila, la musculatura lisa de los vasos sanguíneos de las glándulas salivares, la tasa del latido cardíaco, el diámetro de los bronquios del pulmón, la actividad de la musculatura lisa del intestino, la actividad de la musculatura lisa en diversos órganos pélvicos y el diámetro de los vasos sanguíneos pequeños...”.

Los efectos metabólicos más importantes producidos por las catecolaminas son la liberación de glucosa por glucogénolisis, la estimulación de la lipólisis, y el aumento de glucagón.

A esta primera activación del organismo le sucede una segunda respuesta neuroendocrina en la que se liberan glucocorticoides y mineralocorticoides.

1.2.       Los Glucocorticoides

Los glucocorticoides son sustancias secretadas por las glándulas suprarrenales a través de la vía hormonal, que desempeñan un papel primordial en la activación del eje neural (que exponemos más adelante) Su estructura química les adscribe al grupo de las hormonas esteroides, junto a los andrógenos, los estrógenos, la progestina y algunos mineralocorticoides. Dentro de las hormonas glucocorticoides, la más relacionada con el estrés es el cortisol, un esteroide secretado por la corteza suprarrenal que tiene efectos profundos en el metabolismo de la glucosa (Carlson, 1997)

En el cuadro 2 se recoge gráficamente un esquema del proceso de activación y secreción de glucocorticoides.

Cuadro 2. Esquema del control de la secreción de glucocorticoides.

El cerebro percibe o prevé un agente estresante, lo que hace que el hipotálamo[4] desencadene la liberación de CRF (y de las hormonas relacionadas) Estas hormonas entran en el sistema circulatorio privado que une el hipotálamo con la pituitaria anterior, lo que origina que ésta libere ACTH. La ACTH llega a la circulación general y desencadena la liberación de glucocorticoides por las glándulas suprarrenales (Sapolski, 1995)

En general, su actuación es similar a la de la Adrenalina pero sus efectos se prolongan durante mucho más tiempo. Según palabras de Selye (1982), los glucocorticoides están considerados como “tranquilizantes tisurales que potencian la tolerancia pasiva y la coexistencia con el agente estresor”.

La liberación de glucocorticoides en situaciones de estrés persigue elevar el nivel de glucosa en la sangre y activar otras hormonas relacionadas, al tiempo que inhibe actividades vegetativas, innecesarias en tales momentos. La hiperglucemia se produce por gluconeogénesis a partir del metabolismo de los prótidos que se han formado en las estructuras proteicas de hueso, músculos y piel.

McEwen y Mendelson (1993) han constatado como hoy día son más los estudios científicos que revelan que los glucocorticoides intervienen de forma determinante  en multitud de procesos orgánicos. Su acción combinada con otras hormonas produce efectos tan dispares como estimular el apetito (Sapolsky, 1995), almacenar y movilizar energía (Havel y Taborsky, 1989), reducir y regular el suministro de calcio a los huesos (Prummel y cols., 1991), tonificar la estructura y composición del cerebro (Meyer, 1985; cit. por McEwen y Mendelson, 1993)

1.3.       Disfunciones Orgánicas y Neurotransmisores

Hasta ahora hemos visto cuál es el funcionamiento de los neurotransmisores en situaciones de estrés. La función “alertadora” que desempeñan resulta clave en aspectos tan esenciales como la propia preservación de la especie. Sin embargo, a pesar de que son sustancias imprescindibles, su presencia en el organismo debe estar controlada en todo momento por el cerebro. Una disminución o un incremento prolongados en el tiempo del nivel de catecolaminas y glucocorticoides pueden acarrear graves disfunciones orgánicas (Sapolsky, 1996)

En lo que a defectos de secreción se refiere, son ilustrativos los casos de aquellas personas que son incapaces de secretar glucocorticoides o catecolaminas. Estas patologías las sufren respectivamente quienes padecen “la enfermedad de Addison” y el llamado “síndrome de Shy-Drager”, personas que se suelen desvanecer en situaciones en las que experimentan gran tensión (Sapolsky, 1995):

“La enfermedad de Addison ha sido muy estudiada en la historia de la endocrinología. Aquellos que la padecen tienen deficiencias en la secreción de glucocorticoides, lo cual puede ser verdaderamente peligroso en situaciones de estrés extremo, como accidentes de coche, enfermedades infecciosas, etc. En estas situaciones, los enfermos de Addison son incapaces de mantener la presión sanguínea y entran en estado de shock.

El síndrome de Shy-Drager conlleva la no secreción de las catecolaminas, Adrenalina y Noradrenalina, lo que se traduce en una caída de la presión sanguínea y una manifiesta incapacidad de mantenerse en pie cuando sufren una situación de estrés agudo”.

Estos dos ejemplos muestran la verdadera importancia de las catecolaminas y glucocorticoides en la respuesta fisiológica ante amenazas externas. Si la carencia de estas sustancias resulta sumamente peligrosa para la salud, en el extremo opuesto, su presencia habitual en el organismo, en grandes cantidades, puede acarrear efectos igualmente negativos (Flugge, 1995; Fuchs, 1997; Gould 1997)

Esta última circunstancia suele producirse en la especie humana al llegar a la tercera edad. Algunos estudios (Fleg, y cols. 1985), han testimoniado que, en general, los ancianos muestran dificultades para desactivar el organismo tras una situación de estrés. Relacionados con esta línea de investigación, los trabajos de Sapolsky y Donnelly (1985) han constatado que el retraso en la recuperación (descenso de nivel en el organismo) de los glucocorticoides puede acelerar el desarrollo y crecimiento de tumores. Aunque estén perfectamente sanos, los organismos de las personas mayores son más intolerantes al estrés que los de los jóvenes (Shock, 1977) Además, una situación prolongada de estrés suele acelerar el proceso de envejecimiento (Selye y Tuchweber, 1976; Sapolsky 1986 y 92)

Asimismo, se ha comprobado que los valores elevados de glucocorticoides en estado de reposo son responsables de multitud de disfunciones orgánicas. Selye (1976) alertó sobre  los peligros que supone para el organismo la secreción prolongada de estas hormonas. Entre sus efectos se han identificado diversas alteraciones, como dificultar a las neuronas la generación de nuevas ramificaciones neuronales tras una lesión (Scheff y Cotman, 1982), provocar el síndrome de Cushing o inhibición del sistema inmunitario (Munck y Guyre, 1991; Starkman, 1992), la inhibición del crecimiento (Sapolsky, 1995), la neurotoxicidad: acelera la degeneración del hipocampo en la vejez, pérdida de memoria (McEwen y Mendelson, 1993; Lupien, 1994; McEwen, 1995; McEwen & Sapolsky 1995; Seeman, 1997; Lupien & McEwen, 1997), disminuyen también la sensibilidad de las gónadas a la hormona luteinizante (HL), lo que suprime la secreción de hormonas esteroides sexuales (Singer y Zumoff, 1992) y disminución de la capacidad defensiva del organismo y por lo tanto aumento de la susceptibilidad a padecer infecciones.

En lo que corresponde al daño cerebral que puede llegar a inducir una sobreexposición a situaciones estresantes, o una disfunción en exceso de la secreción de glucocorticoides, Sapolsky y cols. En 1986, que hicieron las primeras observaciones y McEwen en 1995 confirmando en 1999 han demostrado que se pueden destruir las neuronas (atrofiando las dendritas) localizadas en unas regiónes determinada del hipocampo, denominada campo CA1 y CA3c, esta última relacionada mas con el aprendizaje (Watanabe 1992 y 95; McKitrick 1996; Magarinos 1995,96 y 97) Y Jensen, Genefke y Hyldebrandt (1982) encontraron pruebas de degeneración cerebral en TAC de personas que habían sido sometidas a torturas. Otra posible consecuencia, detectada en estos trabajos es que la hormona puede destruir las neuronas haciéndolas muy susceptibles a cualquier situación comprometida. A pesar de que abundan los estudios que relacionan esta disfunción orgánica con la edad adulta, el daño cerebral también puede afectar a los jóvenes. Los trabajos de Uno y cols. (1989) sobre los primates “ververt” de Kenia[5] concluyeron que en situaciones de estrés muy intensas estos animales jóvenes podían llegar a morir. Cuando se les sometió a una autopsia, los monos fallecidos presentaban úlceras gástricas y glándulas suprarrenales más grandes de lo normal (síntoma de estrés crónico)

El estrés prenatal tiende a inhibir la androgenización del feto. Es decir, cuando una hembra preñada se expone a estresores, la conducta y la estructura cerebral de sus crías macho parecen menos masculinizadas y desfeminizadas que las de los animales de control (Carlson 1997, cap. 10) El estrés prenatal también parece producir efectos a largo plazo en las reacciones de los animales al estrés; Takahashi, Turner y Kalin (1992) hallaron que las ratas cuyas madres habían sido estresadas reaccionaban más fuertemente cuando se les presentaban estímulos estresantes durante la edad adulta.

En sentido contrario, una rama de investigación paralela ha demostrado que la secreción de glucocorticoides ayuda a sobrevivir a ciertos animales. Así, cuando se le extrajeron glándulas suprarrenales a algunas ratas, se observó cómo los animales se volvían muy susceptibles al estrés e incluso cómo muchos de ellos morían en situaciones peligrosas en las que un congénere normal se desenvolvía sin problemas (Diamond, 1994)

Sobre las consecuencias de un exceso de catecolaminas, diversos estudios han relacionado niveles elevados de Adrenalina y Noradrenalina en estado de reposo con una elevada tensión arterial (Lakatta, 1990) Otros estudios (Kandel, 1991; Barondes, 1993), han señalado a la Noradrenalina y a la serotonina como los neurotransmisores responsables del origen de procesos depresivos. Confirmando que el estrés termina produciendo Depresión (Kerr y col., 1994; Pavlides y col., 1994, 95 a y b, 1996; DeKlo y col., 1998)

1.3.1.       Atrofia del Hipotálamo

El cerebro muestra signos de atrofia como resultado directo de la elevación de los glucocorticoides de manera crónica o por un estrés severo, como refiere Sapolsky en 1992 sobre estudios con supervivientes del Holocausto. Aunque solo recientemente las técnicas termográficas nos han permitido analizar las áreas afectadas y su gravedad. Investigaciones en esta década confirman que el hipotálamo es particularmente sensible a acusar cambios morfológicos observables (Sapolsky, 1996)

ENFERMEDAD

INVESTIGACIONES

Sindrome de Cushing

Starkman y col.,, 1992

Depresión Endogena

Sheline y col.,,. 1996

Demencia

De leon y col.,, 1993

Envejecimiento prematuro

Convit y col.,, 1995

Golomb y col.,., 1994

Esquizofrenia

Fukuzato y col.,, 1996

Bogerts y col.,, 1993

Estrés Posttraumático

Guvitss y col.,, 1996

Bremmer y col.,, 1995

2.          MECANISMOS FISIOLÓGICOS EN LA RESPUESTA DE ESTRÉS

Kertesz y Kerman (1985) distinguen varios mecanismos fisiológicos implicados en la respuesta de estrés:

1. El sistema nervioso central.

·    Cerebro.

·    Médula espinal.

2. El sistema nervioso periférico.

·    Sistema nervioso somático

·    Sistema nervioso autónomo

Antes de intentar esbozar la estructura y funcionamiento del sistema nervioso, hemos de hacer una breve referencia a los denominados “receptores”. Los receptores son “transductores” naturales que convierten en un “potencial de acción” (algo así como corriente eléctrica) los distintos tipos de energía que pueden recibir.

El acceso al sistema nervioso central[6] (SNC) tiene lugar a través de estos receptores, conectados mediante “servicios periféricos” (Gregory, 1995) que, a su vez, conectan el SNC con los músculos. Su función es informar de los acontecimientos que ocurren en el mundo exterior y de los que suceden en el propio organismo. Para ello, el organismo posee infinidad de receptores diseminados por todo el cuerpo.

La información que recogen estos transductores se procesa a través de “potenciales de acción”, seleccionando los datos que se deben enviar a los niveles superiores del SNC. El procesamiento de la información comienza en el órgano sensorial y continúa con la entrada de la médula espinal o en el cerebro, que controla su propia entrada. Así pues, todos los cambios y demandas internas del cuerpo son registrados por estos receptores, los cuales transmiten la información al SNC.

2.1.       El Sistema Nervioso Central

La importancia de la función del cerebro en el proceso de estrés es primordial, ya que de su percepción depende la posibilidad de iniciar o no la cadena de reacciones bioquímicas que dará lugar a la respuesta orgánica.

La activación del organismo puede entenderse aquí como una hiperfunción del SNC (Valdés y de Flores, 1990) Este sistema, compuesto por cerebro y médula espinal, tiene tres niveles de funcionamiento (Kertesz y Kerman, 1985):

a)          La neocorteza. Regula las funciones más importantes, entre las cuales están la comprensión, las comunicaciones, el control de movimientos, toma de decisiones, la imaginación, la creatividad...

b)         El sistema límbico. Es el nivel intermedio y su función básica es ejercer el control de las emociones y sus relaciones con la secreción hormonal.

c)          La formación reticular y el tronco del encéfalo. Es el nivel inferior del cerebro y se ocupa de regular el sistema vegetativo: ritmo cardíaco, respiratorio, tono vasomotor...

2.2.       El Sistema Nervioso Periférico

El sistema nervioso periférico (SNP) supone la continuación del SNC y se divide en dos ramales, el “somático” y el “autónomo”. Sobre este último subsistema hay divergencias de opinión. Mientras que la mayoría de los autores lo engloban dentro del sistema periférico, otros (Gregory, 1995) afirman que pertenece tanto al SNC como al SNP.

2.2.1.       El sistema nervioso somático

El sistema nervioso somático actúa como vía de doble transmisión entre el SNC y el resto del cuerpo. En realidad, “es el encargado de regular los intercambios con el ambiente externo” (Kertesz y Kerman, 1985) Al igual que recoge la información sensorial y la transmite al SNC, también emite las órdenes motoras desde éste último hasta los órganos de los sentidos y los músculos voluntarios.

2.2.2.       El sistema nervioso autónomo

El sistema nervioso autónomo o autonómico es el que se encarga de mantener la homeóstasis corporal, es decir, “regula el equilibrio interno del cuerpo”. Este sistema siempre está activo (Gregory, 1995) y, dependiendo de la situación, es normal que una de sus ramas se muestre más activa que la otra. El sistema nervioso autónomo (SNA) se subdivide en dos ramales distintos (Sapolsky, 1995): el sistema nervioso simpático y el sistema nervioso parasimpático.

2.2.2.1.       El sistema nervioso simpático

El sistema nervioso simpático es la parte del SNA que se activa en primera instancia cuando experimentamos una situación de emergencia. El cerebro tiene ramificaciones nerviosas simpáticas por todo el organismo, y es en las terminaciones de estos ramales donde se liberan las hormonas neurotransmisoras:

·    Adrenalina, en las glándulas suprarrenales.

·    Noradrenalina, en el resto del sistema simpático.

El sistema simpático es el responsable de la regulación térmica, del comportamiento agresivo y amenazante, dilata las pupilas y eriza el cabello, y controla la distribución de la sangre por todo el cuerpo dilatando o contrayendo los vasos sanguíneos” (Gregory, 1995)

2.2.2.2.       El sistema nervioso parasimpático

Este sistema se caracteriza por inhibirse cuando experimentamos una situación estresante. Ello es debido a que su verdadera función consiste en mediar en las actividades vegetativas del organismo: regula la micción y la defección, el tubo digestivo, gran parte de la actividad sexual, el crecimiento, la digestión, el almacenamiento de energía... es decir, controla todas aquellas funciones orgánicas de las que se puede prescindir en momentos de máximo riesgo.

Así pues, las proyecciones simpáticas y parasimpáticas del cerebro producen en cada órgano del cuerpo un efecto opuesto. Mientras que las que provienen del Simpático preparan al organismo para que actúe en una situación extrema, las que envía el Parasimpático lo relajan para que proceda con normalidad.

En el cuadro 3 se exponen algunos de los efectos del sistema simpático y parasimpático en diversos órganos y glándulas.

Cuadro 3. Efectos del SNS y del SNP en diversos órganos y glándulas. Adaptado de Sapolsky 1995.

3.          LOS TRES EJES FISIOLÓGICOS DE LA RESPUESTA DE ESTRÉS

La mayoría de los autores (Everly, 1989; Labrador, 1992; Kertesz y Kerman, 1985) reconoce tres ejes de actuación fisiológica que se activan en el organismo sometido a estrés. Aunque los tratemos por separado, lo más probable es que en la práctica se den superposiciones entre los distintos mecanismos. El primero se desarrolla en cuestión de segundos, como reacción inmediata al estímulo estresor. Los otros dos son más lentos, pero de efectos más duraderos. Siguiendo este orden de activación, los tres ejes que intervienen en la respuestas de estrés son:

·    Eje neural.

·    Eje neuroendocrino.

·    Eje endocrino.

Durante muchos años, se creyó que el mecanismo fisiológico que se desencadena durante el estrés se circunscribía al modelo establecido por Selye (1956) en el funcionamiento del Síndrome General de Adaptación (S.G.A.) Según el esquema del S.G.A., la “activación fisiológica” era entendida como una respuesta genérica e inespecífica ante cualquier estresor.

Everly (1989) ha demostrado que existen mecanismos neurales y endocrinos específicos en la respuesta de estrés. Por su parte, Labrador (1992) reconoce la especificidad de algunas respuestas en las que juegan un papel fundamental las diferentes situaciones y el modo en que estas son percibidas y procesadas por las personas.

Labrador y Crespo (1993) recogen gráficamente los tres ejes fisiológicos de activación en la respuesta de estrés en el cuadro 4[7].

3.1.       Eje Neural

Para llegar a comprender el funcionamiento de la activación orgánica, es necesario recordar las consideraciones anteriormente expuestas sobre el sistema nervioso.

El eje neural es el primero que actúa ante una circunstancia de estrés. Cuando el cerebro percibe o experimenta una situación estresante, este eje se “dispara” automáticamente y “despierta” al sistema nervioso simpático, que es el encargado de “activar la mayor parte de nuestro organismo de cara a una acción inmediata e intensa” (Labrador, 1992)

El cerebro transmite la respuesta de estrés a través de la vía hormonal. Para ello, utiliza las conexiones que existen entre el hipotálamo, la hipófisis y las glándulas periféricas (ver cuadro 2) Una vez iniciado el proceso, y en apenas unos segundos, los neurotransmisores desencadenan una serie de reacciones hormonales múltiples y sucesivas que colocan al organismo en estado de alerta máxima.

En esta fase fisiológica, desempeñan un papel fundamental los glucocorticoides. Su secreción está controlada por neuronas del núcleo paraventricular del hipotálamo (NPV) Las neuronas del NPV secretan un péptido llamado CRF (Factor Liberador de Corticotropina), que es la hormona que inicia la cadena de neurotransmisiones. La CRF y otras hormonas relacionadas entran en el sistema circulatorio privado, que une el hipotálamo con la pituitaria anterior, y, en apenas quince segundos, activan la pituitaria, que se encarga de liberar corticotropina, también conocida como adenocorticotropa o ACTH. La corticotropina es una hormona que, una vez liberada, se introduce en el flujo sanguíneo y, a través del sistema circulatorio, estimula a la corteza suprarrenal para que libere glucocorticoides: cortisol, hidrocortisona y corticosterona. También se liberan mineralocorticoides, como la dexoxycorticosterona y la aldosterona.

La CRF también puede ser secretada por el encéfalo, donde actúa o tiene una función de neuromodulador/neurotransmisor, “especialmente en las regiones del sistema límbico involucradas en las respuestas emocionales, tales como la sustancia gris pericuaductual, el locus coeruleus y el núcleo central de la amígdala” (Carlson, 1996) Según este mismo autor, los efectos de una inyección de CRF en el encéfalo son los mismos que producen las situaciones de ansiedad y estrés.

El páncreas también recibe el “mensaje” del neurotransmisor y secreta una hormona llamada glucagón. Sapolsky (1995) explica el proceso posterior de la siguiente forma:

“...Los glucocorticoides, el glucagón y el SNS elevan el nivel de glucosa en circulación. Se activan también otras hormonas. La pituitaria secreta prolactina, que, entre otras cosas, desempeña la función de inhibir la actividad reproductora durante el estrés. La pituitaria y el cerebro secretan asimismo un tipo de sustancias endógenas, similares a la morfina, denominadas endorfinas y encefalinas, que sirven para anular la percepción del dolor, entre otras cosas. Por último, la pituitaria secreta vasopresina, también conocida como hormona antidiurética, que interviene en la respuesta cardiovascular del estrés”.

En pocos segundos, el organismo está preparado para responder a una posible amenaza percibida. Labrador y Crespo (1993) exponen gráficamente los efectos de la activación del Eje Neural en los distintos órganos del cuerpo en el cuadro 5.

Es poco frecuente que en la activación de este primer eje fisiológico se puedan producir trastornos orgánicos. En raras ocasiones, se han constatado infartos de miocardio como consecuencia de una excesiva e intensa actividad simpática. Sin embargo, la incapacidad del SNS para generar mensajes químicos durante un prolongado espacio de tiempo evita un posible desgaste de los órganos activados.

Cuadro 4. Ejes de activación de la respuesta de estrés (las flechas discontinuas indican activación nerviosa; las continuas, activación endocrina; SNA = Sistema Nervioso Autónomo; ACTH = Hormona Adrenocorticotrópica; TSH = Factor Estimulante del Tiroides)

Si la situación de estrés persiste, el organismo no puede soportar tan altos índices de activación, lo que se traduciría en la puesta en marcha del segundo eje fisiológico: el neuroendocrino.

Órgano

Efectos de la activación del SN Simpático

Ojo:

- pupila

- músculo ciliar

Glándulas salivares

Glándulas gastrointestinales

Glándulas sudoríparas

Corazón

 

 

Vasos sanguíneos:

- piel y mucosa

- músculos esqueléticos

- cerebrales

- renales

- vísceras abdominales

Pulmones:

- bronquios

- vasos sanguíneos

 

Hígado

Bazo

 

Riñón

Vejiga urinaria:

- cuerpo

- esfínter

Tracto gastrointestinal

 

Folículos capilares

Órgano sexual masculino

Metabolismo basal

Glucemia

Médula adrenal

Actividad mental

 

Dilatada

Relajación ligera

Secreción escasa y espesa

Vasoconstricción y secreción ligera

Sudoración copiosa (colinérgica)

­ Tasa cardíaca

­ Contractibilidad

­ Rapidez del impulso cardíaco por el corazón

 

Constricción

Dilatación

Constricción

Constricción

Mayoritariamente constricción

 

Dilatación

Constricción ligera

 

Glucogénesis por liberación de glucosa

Contracción para liberar sangre con alta concentración de eritrocitos.

¯ Excreción de orina

 

Inhibición

Excitación

Inhibición de la digestión

¯ Peristalsis y tono

Pseudoerección

Eyaculación

Aumento hasta un 100 por ciento

Aumentada

Secreción de adrenalina y noradrenalina

Aumentada

Cuadro 5. Efectos de la activación del Eje Neural (Sistema Nervioso Simpático) Labrador y cols., (1990)

3.2.       Eje Neuroendocrino

Para que el eje neuroendocrino se active deben darse unas condiciones de estrés más continuadas. Algunos autores (Labrador y Crespo, 1993), lo consideran un eje fundamental para la supervivencia, ya que prepara al organismo para una intensa actividad corporal con la que poder afrontar cualquier amenaza externa.

En esta fase, el sujeto responde “haciendo frente” o “huyendo” de la amenaza, como ya advirtiera Cannon en 1929. Pero lo verdaderamente importante es que ambas opciones conllevan la puesta en marcha de “conductas motoras de afrontamiento” ante las demandas del ambiente externo.

En este sistema intervienen tanto el sistema autónomo simpático como parte del sistema endocrino, principalmente la médula adrenal. Los neurotransmisores llegan así hasta la médula de las glándulas suprarrenales, activándolas para que secreten catecolaminas (Adrenalina y Noradrenalina)

En cuanto al papel que desempeñan estas hormonas, se ha relacionado la Noradrenalina con la atención y la acción conductual (Kelly, 1980; cit. por Valdés y de Flores, 1990), mientras que se ha considerado que la Adrenalina es el indicador bioquímico de la actividad emocional (Valdés y de Flores, 1990)

La activación alcanzada produce efectos similares a los obtenidos por la rama simpática: aumento de la presión arterial y del rendimiento cardíaco, mayor flujo de sangre hacia los músculos, mayor tensión muscular... diferenciándose del eje neural en que es un proceso más lento -necesita al menos de unos veinte a treinta segundos- y de efectos unas diez veces más duraderos (Kertesz y Kerman, 1985)

Everly (1989) recoge algunas de las consecuencias orgánicas tras la activación del eje neuroendocrino en el cuadro 6.

Û   Presión arterial.

Û   Aporte sanguíneo al cerebro moderado.

Û   Ritmo cardíaco.

Û   Estimulación de los músculos estriados.

Û   Ácidos grasos, triglicéridos y colesterol en sangre.

Û   Secreción de opiáceos endógenos.

Ü   Riego sanguíneo a los riñones.

Ü   Riego sanguíneo al sistema grastrointestinal.

Ü   Riego sanguíneo a la piel.

Û   Riesgo de hipertensión.

Û   Riesgo de formación de trombos.

Û   Riesgo de angina de pecho en personas propensas.

Û   Riesgo de arritmias.

Û   Riesgo de muerte súbita por arritmia letal, isquemia miocardial.

Û   Fibrilación miocardial.

Cuadro 6. Consecuencias orgánicas tras la activación del eje neuroendocrino (Everly, 1989)

Cuando este proceso es excesivamente intenso, repetitivo o duradero, puede acarrear ciertos trastornos fisiológicos. Según Labrador y Crespo (1993), estos se deberían a posibles fallos en los órganos activados y, dado que la activación más importante provocada por este eje es la del sistema cardiovascular, la mayor parte de los trastornos que produce cuando se prolonga en el tiempo son del tipo cardiovascular (infartos de miocardio, anginas de pecho, hipertensión, arritmias cardíacas, etc.)

Para concluir, resaltaremos la trascendencia del papel de la percepción individual en la activación de este eje. Siguiendo a Labrador (1992), si el sujeto percibe que la situación escapa a su control y es superior a sus recursos, se activará el tercer eje fisiológico: el eje endocrino.

3.3.       Eje Endocrino

Para que se active este tercer eje es necesario que la situación de estrés sea aún más dilatada en el tiempo que en los dos ejes anteriores. En el eje endocrino, el proceso de activación es bastante más lento y de efectos más prolongados que en los ejes neural y neuroendocrino. Periodos continuados bajo los efectos de la activación del eje endocrino, están muy relacionados con fases en las que el individuo siente depresión, indefensión, pasividad, percepción de no control, inmunosupresión y sintomatología gastrointestinal.

Labrador y Crespo (1993) distinguen cuatro subejes en la activación endocrina, aunque para estos autores el más relevante es el eje hipofisario-adrenal[8]. Éste es el responsable final de la liberación de glucocorticoides y mineralocorticoides, hormonas que facilitan la retención de sal por los riñones, la retención de líquido y el incremento de los depósitos de glucógeno en el hígado.

Los otros subejes a los que hacen mención Labrador y Crespo (1993) están relacionados con la secreción de la “hormona del crecimiento”, de las “hormonas tiroideas” y de “vasopresina”. El papel de la hormona del crecimiento aún no está claro en las investigaciones, pero sí se han constatado los efectos de las tiroideas en el aumento del metabolismo y desgaste general. Por su parte, el incremento excesivo del nivel de vasopresina está muy relacionado con el desarrollo de hipertensión.

En el cuadro 7 se recoge los efectos de las principales hormonas secretadas por activación del eje endocrino (Labrador y Crespo, 1993)

Cuadro 7. Efectos de las principales hormonas secretadas por activación del eje endocrino (Labrador y Crespo, 1993)

De acuerdo con Kertesz y Kerman (1985), el funcionamiento de los cuatro ejes endocrinos es el siguiente:

1. Adreno-cortical: que libera hormonas corticoides. Las glándulas adrenales, ubicadas encima de los riñones, son secretadas desde dos partes distintas:

a)          La médula adrenal, que secreta Adrenalina y Noradrenalina (eje neuroendocrino)

b)         La corteza adrenal o parte exterior de la glándula, que secreta las hormonas corticoides:

·    Mineralocorticoides, que ejercen su acción sobre el metabolismo de los iones y son “pro-inflamatorias”.

·    Glucocorticoides, que ejercen su acción sobre el metabolismo de la glucosa y son anti-inflamatorias.

2. Somatotrópico: que puede liberar la hormona somatotrópica, la cual se supone que facilita la liberación de los mineralocorticoides y la movilización de glucosa y ácidos grasos libres.

3. Tiroideo: que libera la hormona tiroidea, la Tiroxina. La glándula tiroides controla el metabolismo, acelerando los intercambios bajo el estrés. La Tiroxina tiene un efecto catalizador de la acción de la Adrenalina en los órganos en los que actúa, favoreciendo así el aumento de la presión arterial.

4. Hipofisiario posterior: que se encarga de la liberación de la “vasopresina”. Ésta aumenta la presión arterial y tiene efectos antidiuréticos, ya que favorece la retención de agua.

4.          DISTINTOS ASPECTOS DE LA ACTIVACIÓN FISIOLÓGICA

El funcionamiento de cada uno de los ejes anteriormente expuestos da lugar a distintos grados de activación biológica. Como ya hemos reiterado en páginas anteriores, esta activación persigue preparar al organismo para la acción, lo cual no tiene por qué traducirse en conductas energéticas observables.

Valdés y de Flores (1990), desde su perspectiva médico-psicológica, afirman que el estrés se produce cuando la activación del organismo no puede reducirse con las estrategias de afrontamiento que ha llevado a cabo el sujeto. De esta afirmación, se extraen dos conclusiones:

1.          Estrés no es sinónimo de activación.

2.          El estrés revela un fracaso adaptativo, consistente en una excesiva activación, de gran resonancia emocional.

Concretamente, definen el estrés como “un estado de activación autonómica y neuroendocrina (córtico-suprarrenal) de naturaleza displacentera, que implica un fracaso adaptativo (con cognición de indefensión e inhibición inmunológica y conductual)”.

Siguiendo el esquema de Valdés y de Flores (1990), las consecuencias biológicas de la activación abarcarían distintas facetas:

1.          Activación autonómica.

2.          Activación neuroendocrina.

3.          Activación inmunitaria.

4.          Activación conductual.

Las dos primeras facetas coincidirían plenamente con las perspectivas puramente psicológicas, que resaltan la activación de los ya expuestos ejes neural, neuroendocrino y endocrino. En cuanto a la faceta inmunitaria y conductual, siguiendo el esquema de Valdés y de Flores (1990), resaltamos lo siguiente:

4.1.       Activación Inmunitaria

Este mecanismo fisiológico se desarrolla a través de un proceso mucho más lento que los anteriores. A pesar de que la información se transmite vía sanguínea, como lo hace el sistema neuroendocrino, dicha información desata mecanismos de síntesis proteica que alargan el período necesario para alcanzar la activación inmunitaria.

El modo en que se desarrolla la activación inmunitaria en situaciones de estrés ha sido estudiado en múltiples investigaciones, pero la diversidad de métodos de trabajo y resultados obtenidos impiden una concepción uniforme del mismo (Fox, 1981; Riley, 1981) El sistema inmunitario tiene un funcionamiento al margen de la cognición del sujeto e independiente de los procesos psicológicos. La activación inmunitaria puede alterar el complejo sistema de relación entre el SNC y el sistema inmunitario, con la consiguiente caída inmunológica (Slipak, 1991) En términos generales, se puede inferir que la experimentación en animales y la observación clínica humana admiten los efectos inmunosupresores del estrés (Valdés y de Flores, 1990)

4.1.1.       Efectos del Estrés en la Respuesta Inmune

Los efectos inmunosupresores del estrés coinciden con la denominada “vulnerabilidad” a las enfermedades de los sujetos que lo padecen. Los experimentos de laboratorio llevados a cabo durante decenios han constatado múltiples disfunciones: mayor vulnerabilidad ante virus y disminución del número de anticuerpos (Monjan, 1981), mayor incidencia de reacciones alérgicas (Freeman y cols., 1964), desarrollo de enfermedades autoinmunitarias (Solomon, 1969), aceleración de procesos cancerígenos (Cano Vindel, 1999)

De los numerosos trabajos que se han desarrollado en este campo, podemos inferir que al menos tres sistemas pueden influir en el sistema inmunológico y en las respuestas inmunes: el eje hipotálamo-hipófisis-adrenocortical, el sistema nervioso autónomo y algunos neurotransmisores.

Un ejemplo de la acción del primer sistema lo encontramos en la influencia de los glucocorticoides. Como ya hemos dicho, el estrés incrementa la secreción de glucocorticoides, hormonas que deprimen directamente pero a medio plazo la actividad del sistema inmunológico. Cohen y Crnic (1982) atestiguaron los efectos aniquiladores de los glucocorticoides sobre los linfocitos. En este sentido, Keller y cols. (1983; cit. en Carlson, 1997) hallaron que el estrés producido por un shock inevitable disminuía el número de linfocitos en la sangre. También comprobaron que este efecto se podía evitar mediante la extracción de las glándulas suprarrenales, principales productoras de glucocorticoides. Carlson (1997) advierte que no todos los efectos del estrés sobre el sistema inmunológico están mediados por los glucocorticoides:

Debido a que la secreción de glucocorticoides está controlada por el cerebro (a través de la secreción de CRF), este último es obviamente responsable del efecto depresor de estas hormonas sobre el sistema inmunológico. Las neuronas del núcleo central de la amígdala envían axones a las neuronas que secretan CRF del núcleo paraventricular del hipotálamo; por ello, es razonable esperar que el mecanismo responsable de las respuestas emocionales negativas también sea el responsable de la respuesta de estrés y de la autoinmunodepresión que la acompaña.

Otros autores (MacLean y Reichlin, 1981; Besodovsky, del Rey y Sorkin, 1983), han dado cuenta de la influencia del SNA en la respuesta inmune. Tampoco faltan los trabajos que revelan las perniciosas consecuencias de los mediadores bioquímicos como la Adrenalina y la Acetilcolina en el sistema inmunitario (Alqvist, 1981)

El cuadro 8 recoge un esquema general de las relaciones entre estrés y la respuesta inmunitaria (Ader, 1981)

Cuadro 8. Esquema general de las relaciones entre estrés y respuesta inmunitaria (Ader, 1981)

4.2.       Activación Conductual

Siguiendo a Valdés y de Flores (1990), la activación se puede entender como la preparación biológica del organismo para afrontar las situaciones a través de conductas adaptativas (Valdés y de Flores, 1990) Así, la conducta adaptativa persigue reducir la activación a través de estrategias de afrontamiento ante una situación de estrés. El modo en el que se desarrollen estas estrategias de afrontamiento puede dar lugar a tres tipos de conducta:

1.          Comportamientos adaptativos que persiguen suprimir los estímulos amenazadores o bien reducir la activación biológica que provocan.

2.          Conductas de lucha en busca del control de la situación.

3.          Inhibición conductual.

La activación de “conductas adaptativas” depende de motivaciones homeostáticas. El individuo puede corregir su homeóstasis interna a través de la modificación del entorno, de modo que de él procedan estímulos alternativos a los que le han provocado la situación de estrés.

Estas conductas son independientes de la certeza o error en la cognición del individuo. Lo importante es que resulten adecuadas para efectuar una correcta adaptación biológica, es decir, modificar la percepción del individuo sobre el ambiente de modo que alcance una “cognición de control” sobre el entorno. Esta percepción es determinante para el estado biológico del sujeto, ya que le permite suprimir la actividad del eje neuroendocrino.

Las “conductas de lucha” suponen intentos adaptativos del organismo para afirmarse respecto al entorno, que le conducen a un estado de afrontamiento permanente. El carácter duradero de esta situación supone la existencia de un entorno difícilmente modificable, la utilización de estrategias inadecuadas o la cognición de amenazas no objetivas a partir de evaluaciones peculiares del entorno (Valdés y de Flores, 1990)

Los sujetos cuyo patrón de comportamiento se adscribe al Tipo A de conducta están muy relacionados con la constante percepción de amenaza y la consiguiente respuesta de lucha.

La “inhibición conductual” no significa que el sujeto adopte una postura de inmovilidad absoluta como respuesta defensiva, sino que es la consecuencia de un estado de máxima activación, en el cual el sujeto se percibe indefenso ante las demandas del ambiente. Se trata pues, de un “estado antihomeostático, caracterizado por una activación nervioso-central y neuroendocrina, una inhibición inmunológica y conductual, estados emocionales displacenteros y expectativas desesperanzadoras respecto a la situación” (Valdés y de Flores, 1990)

De esta definición, podemos abstraer que la estrategia de afrontamiento en la inhibición conductual persigue mantener el equilibrio interno a costa de no emitir una respuesta fisiológica ante los estímulos externos.

5.          psicofisiología de la respuesta de estrés

El papel de la percepción individual es determinante a la hora del inicio, formación y desarrollo de un proceso orgánico de respuesta al estrés. En primer lugar, porque el concepto mismo de estrés tiene un componente subjetivo importante: el sujeto puede percibir una situación estresante que no lo sea objetivamente, o puede no darse cuenta de que se encuentra ante una situación de verdadera amenaza.

Además, no todo el mundo percibe el mismo grado de amenaza. El mismo hecho puede provocar una pequeña reacción en una persona y una respuesta de estrés excesiva en otra. Esta disparidad puede darse incluso en el mismo sujeto pero en momentos diferentes.

Lo cierto es que las características de la personalidad influyen de forma determinante en la respuesta de estrés y pueden desatar distintas reacciones orgánicas para hacer frente, físicamente a un agente estresante. Como veremos a continuación, los perfiles de personalidad pueden determinar la reacción fisiológica del sujeto y mostrar un predominio de la vía autónoma o neuroendocrina. En este sentido, Labrador (1992) propone un modelo psicofisiológico de estrés que reproducimos esquemáticamente en el cuadro 9.

Cuadro 9. Modelo de la fisiología del estrés (Labrador, 1992)

5.1.       Perfiles de Personalidad y Respuesta Fisiológica

En primer lugar, hay que aclarar qué entendemos por un perfil de personalidad o patrón conductual. Según Slipak (1991), se trata de las “predisposiciones de determinados sujetos en cuanto a sus actitudes y el modo de afrontar situaciones condicionadas por la escala de valores en uso en una sociedad determinada”

En función de la personalidad, las creencias, la determinación psicofisiológica y otras variables personales se han logrado identificar tres patrones conductuales denominados A, B y C. A pesar de que los estudiaremos con detalle más adelante vamos a esbozar, brevemente, el significado de cada uno de ellos.

Las personas que tienen un Tipo A de comportamiento suelen responder a un perfil psicológico en el que predomina la respuesta excesiva ante los agentes estresantes. Son amantes de la competitividad y la hiperactividad. Sus ansias de logro personal las convierten en víctimas de la irritabilidad, la agresividad, la hostilidad y la impaciencia. Se ha demostrado que los sujetos con un patrón de conducta Tipo A tienden a reaccionar con la vía autónoma, activando el sistema simpático adrenal (Slipak, 1991) Está comprobado que presentan una mayor disposición a padecer patologías cardiovasculares que los otros tipos de conducta.

El patrón de conducta tipo B se utiliza para designar a aquellos sujetos en los que predomina la tranquilidad de carácter. Suelen ser confiados y abiertos a las emociones. Ante situaciones de estrés, activan principalmente las vías noradrenérgica y simpático adrenérgica- médulo suprarrenal.

Los individuos que responden a un patrón de conducta Tipo C suelen buscar constantemente la aprobación social, por lo que se muestran cooperadores, sumisos y conformistas. Suelen ser alexitímicos, reprimiendo emociones como la ansiedad y la rabia, introvertidos, obsesivos, pasivos y resignados. Desarrollan sentimientos de desesperanza, indefensión y de carácter depresivo. Ante situaciones de estrés responden fundamentalmente mediante la activación de la vía neuroendocrina. Estadísticamente, los sujetos tipo C tienen mayor predisposición a padecer reuma, infecciones, alergias y afecciones de piel (Slipak, 1991) La inhibición inmunitaria que caracteriza a su respuesta de estrés, les convierte en el grupo con mayores posibilidades de padecer cáncer (Eysenk, 1994) Desde otras concepciones teóricas, se han propuesto asimismo relaciones entre hipertensión arterial y características psicológicas como la emotividad, la timidez y la sumisión, que aparecen como nucleares en la descripción fenomenológica del patrón C (Julius, 1981)

 

TIPO A

TIPO B

TIPO C

Características psicológicas

·  hiperactivo, rápido, impaciente,  hostil, competitivo

·  relajado, tranquilo, confiado, atento a la satisfacción y el bienestar personal

·  Extremadamente cooperador, pasivo, no asertivo, apacible y conformista

Relaciones interpersonales

·  problemáticas: dominancia, tensión, agresividad

·  relajadas, con expresión abierta de las emocionales, incluidas las hostiles

·  sumisas: deseo de agradar y de afiliación, controlando la expresión de la hostilidad

SN conceptual

·  lucha, huida e inhibidor de la acción

·  recompensa

·  inhibidor de la acción

Riesgo patógeno

·  coronariopatía

·  hipertensión

·  no detectado

·  cáncer

·  Inmuno deficiencias

Diagnóstico

·          Entrevista estructurada y cuestionarios al efecto

Cuadro 10. Patrones de conducta

6.          Reactividad Emocional, Cardiovascular y PCTA

Un estudio con monos mostró que las diferencias individuales en reactividad emocional son un factor de riesgo para las enfermedades cardiovasculares. Manuck y cols. (1983, 1986) alimentaron con una dieta rica en colesterol a un grupo de monos, los cuales incrementaron la probabilidad de desarrollar enfermedades de las arterias coronarias. Posteriormente midieron la reactividad emocional de los animales cuando se les amenazaba con capturarlos. (Los monos evitan el contacto con los humanos, y perciben como una situación estresante el ser capturados.) Aquellos animales que mostraron reacciones negativas más intensas desarrollaron finalmente tasas más elevadas de enfermedades de las arterias coronarias. Probablemente, estos animales reaccionaban más intensamente a todos los tipos de estresores, y sus reacciones tenían efectos perjudiciales para su salud.

Aparentemente, al menos algunas de las diferencias en la reactividad emocional mostrada por los animales podrían deberse a diferencias genéticas en la química y el funcionamiento cerebral. Eilam y cols. (1991) transplantaron tejido del hipotálamo de ratas genéticamente hipertensas a ratas normales y observaron que la presión sanguínea de las ratas destinatarias aumentaba en un promedio del 31% (los trasplantes de tejido hipotalámico de ratas normotensas no aumentaron la presión sanguínea de las destinatarias)

Este tipo de reactividad se refiere a una característica específica de las personas que consiste en una respuesta psicofísica estereotipada a mostrar unos patrones de respuesta cardiovascular mas altos que la población. Este concepto ha tenido amplio impacto en la psicología de la Salud sobre todo en los estudios sobre los factores que contribuyen a la patogénesis en la enfermedad coronaria y de la hipertensión esencial. Parece confirmado que las personas con un mayor riesgo de padecer o desarrollar estas enfermedades se caracterizan por presentar inapropiadas y elevadas reacciones de su sistema cardiovascular (Krantz y Manuk, 1984; Suls y Wan, 1993; Turner, 1994) En este sentido, la reactividad cardiovascular se comporta como un predictor de padecer trastornos cardiovasculares, si es estable y fiable, es decir, se mantiene a lo largo del tiempo y de las situaciones, y así se ha comprobado en múltiples trabajos, tanto con sujetos hipertensos (Jenning, Kamarck, Manuck, y Everson, 1997), como en sujetos con hipertensión límite (Fahrenberg, Foerster y Wilmers, 1995)

Pero no es excluyente de los pacientes enfermos ya, también se encuentra presente en personas con una clra predisposición al desarrollo de la enfermedad, como un factor de riesgo (Fernández-Abascal y Calvo, 1985)

Las principales características que definen y delimitan la reactividad cardiovascular y, a su vez, la diferencian de la labilidad autonoómica y otros patrones estereotipados de respuesta se pueden referir a: La magnitud de la respuesta, la estabilidad temporal de esta y las características emocionales de las personas reactivas cardiovascularmente hablando (Fernández-Abascal, Palmero y Martín Díaz, 1998) Nosotros nos centraremos en esta última por ser la más relevante en nuestro estudio.

Desde que Rosenman y Friedman (1961) pusieran el patrón de conducta Tipo A (PCTA) como factor de riesgo en la etiología los trastornos cardiovasculares son numerosos los estudios que se han realizado en torno al tema obteniendo resultados ambiguos (Lachar, 1993) La existencia de estudios que no hallan una asociación positiva del PCTA y la enfermedad cardiovascular (ECV) han promovido una evolución en el estudio del tema[9]. Esta evolución ha supuesto la redefinición del PCTA, presentándolo en la actualidad como un constructo multidimensional que estaría compuesto por los siguientes factores: Agresión, apresuramiento, competitividad y hostilidad (Rosenman, 1996) El estudio de estos factores ha llevado a destacar la importancia predominante que el componente de hostilidad parece representar como factor de riesgo en el padecimiento de la enfermedad coronaria (EC) (Barefoot, Peterson, Dahlstrom, Siegler, Anderson y Williams, 1991 Helmer, Ragland y Syme, 1991; Denollet, 1993; Robles, Marfil y Reyes, 1995; Calvo, Alemán y Ojeda, 1998) El vínculo asociativo propuesto entre el constructo hostilidad y la ECV sería la denominada hipótesis de la hiperreactividad (Obrist, 1981) Según esta hipótesis las personas con elevados índices de hostilidad presentarían unos niveles más elevados de activación neuroendocrina y hemodinámica cuando se enfrentan a situaciones de estrés en comparación con aquellas personas con bajos niveles de hostilidad (William, Barefoot, y Shekelle, 1985) Esta mayor activación fisiológica, mediada simpáticamente, daría lugar a lesiones en el endotelio arterial que facilitarían la formación de la placa de ateroma y el posterior desarrollo de otros trastornos cardiovasculares como son la hipercolestorelemia, la hipertensión, arritmias, etc.. (Krantz y Manuck, 1984; Aminiev y cols., 1986; Manuck, Kaplan, Adams y Clarkson, 1989)

Sin embargo, al igual que ocurrió con el PCTA, los resultados obtenidos por aquellos estudios que se plantean como objetivo demostrar la asociación entre hostilidad y reactividad cardiovascular se muestran contradictorios. Así, por una parte, encontramos diversos estudios que muestran una asociación positiva entre altos niveles de hostilidad e incremento de la reactividad cardiovascular en, al menos, alguno de sus componentes (Weidner, Fríend, Ficarrotto y Mendell, 1989; Houston el al. 1990; Suarez y Williams, 1990; Powch y Houston, 1996; Dembrosky, MacDougall, Costa y Grandits, 1989; Fichera y Andreassi, 1998) Pero, por otra parte, también encontramos otra serie de trabajos que no encuentran esa asociación (Siegman, Anderson Herbst, Boyle, Wilkinson, 1992; Biaggio, Suplee, Curtis, 1981; Holroyd y Smith, 1983) Entre las posibles razones aducidas por los distintos autores para justificar la falta de consistencia de los resultados obtenidos podemos destacar las siguientes:

A) Naturaleza Multidimensional Del Constructo Hostilidad

De la misma forma que ocurrió con el PCTA se plantea la posibilidad de que el constructo ira-hostilidad tenga un carácter multidimensional, siendo sólo alguno de sus componentes el elemento que posea una naturaleza dañina en el desarrollo de la ECV y en general de la Enfermedad Cardio Coronaria (ECC) (Siegman, 1994) Otros (Thorensen y Powell, 1992) creen que esa postura de be ser matizada, ya que consideran que existen datos empíricos de que otros componentes del PCTA ( citando a Matthews y cols., 1977), ademas de la hostilidad, incluyendo la impaciencia y la urgencia del tiempo , son también predictores de la ECC.

De esta forma podríamos hablar de:

·         Sindrome ¡AHI!: Agresión, Hostilidad e Ira (Spielberger, Johnson, Russell, Crane, Jacobs y Worden, 1985)

·         Incapacida para expresar la ira (Matthews y cols., 1988) y que correlaciona con riesgo cardiovascular (Matthews, 1998; Julkunen y col., 1994

·         La posibilidad de que el sujeto pueda o no utilizar su modo preferido de expresión de la ira cuando se encuentra expuesto a situaciones instigadoras de ira (Engebretson y col., 1989)

·         Un componente expresivo y un componente experiencial de la hostilidad (Costa, MacCrae y Dembroski, 1989; Miller y cols., 1996) De acuerdo con esta distinción algunos autores señalan la posible existencia de una correlación positiva entre el componente expresivo y la ECV, y una correlación negativa en el caso del componente experiencial (Siegman y col., 1987, 1990, 1992;Greene y col., 1995; Miller, 1996; Palmero, 1996)

·         Hostilidad Cínica, Antagonismo, Agresividad e ira hacia dentro, (Powch y Houston, 1996)

·         Incongruencia entre las actitudes hostiles y la expresión habitual de la ira (Bongard y cols., 1998)

B) La Tarea Empleada Determina La Respuesta Fisiológica

En los trabajos revisados encontramos que la diversidad de estresores empleados resulta de lo más variada. De esta forma, podemos destacar el empleo de anagramas de difícil solución o irresolubles (Dembrosky et al.,1989; Weidner et al., 1989), anagramas acompañados de amenaza (Suarez y Williams, 1990), tareas aritméticas (Houston, Smith y Cates, 1989; Glass, Lake, Contrada, Kehoe y Erlanger.,1983), tareas aritméticas con provocación (Siegman et al. 1992), efecto Stroop (Houston et al., 1989; Glass et al., 1983), role playing (Holroyd y Smith, 1983; Biaggio et al., 1981) role playing en el que la otra persona adopta una aptitud negativa o contraria (Powch y Houston, 1996) y tareas de tiempo de reacción (Dembrosky et al., 1989)

Según Houston et al. (1989) la asociación positiva entre hostilidad y reactividad cardiovascular vendría condicionada por el tipo de situación empleada para elicitar la reactividad. La inconsistencia de los resultados hallados en la literatura vendría determinada por el empleo de una serie de situaciones estresantes que no permiten que las diferencias en la activación entre personas con altos y bajos niveles de hostilidad se pongan de manifiesto. De esta manera, estos autores proponen el empleo de tareas que conlleven alto nivel de estrés psicosocial, frente a estresores más clásicos (aritmética mental, efecto Stroop, Cold Pressor...)

Se nos ocurre añadir una tercera razón, que los “reactores tensos” no pertenezcan siempre al Tipo A. Puede que el PCTA y la reactividad tengan cosas en común pero difieran en otras. Para decirlo con sencillez, la reactividad es una respuesta cardiovascular extrema a tareas cargadas de tensiones, mientras que el PCTA es un estilo particular de interactuar con el ambiente, son en resumen conductas verbales y físicas, provocativas o desafiantes. El PCTA y la reactividad reflejan sentimientos, pero uno muestra una conducta externa, mientras la otra obra desde la fisiología y el metabolismo. Algunas personas pueden reaccionar en un nivel, otros en el segundo, y algunos en ambos. Y puede que la reactividad se dispare como hemos visto, no solo como agresión o defensa activa, sino también ante una hipervigilancia por indefensión (LOC externo) Incluso como hemos mencionados existen otros tipos de reactividad ademas de la cardiovascular y no todos los Tipo A tiene por que compartir el mismo tipo re reactividad.

6.1.       Reactividad e hipertensión

Mellors, Boyle y Roberts en 1994, tras una revisión de la literatura e investigando la relación entre personalidad con el EPI, estrés e hipertensión como respuesta reactiva; concluyen que la hipertensión es modulada por la personalidad, concretamente los neuroticos introvertidos tienen más tendencia a la hipertension tensional que los neuroticos extrovertidos.

7.          CONCLUSIONES

Las reacciones emocionales de las personas frente a los estímulos adversos pueden perjudicar su salud. La respuesta de estrés, que Canon denominó respuesta de lucha o huida, es útil como una respuesta a corto plazo contra estímulos amenazadores, pero es perjudicial a largo plazo. Esta respuesta incluye un aumento de la actividad de la rama simpática del sistema nervioso autónomo y un incremento de la secreción de hormonas de la glándula suprarrenal: adrenalina, noradrenalina y glucocorticoides.

Aunque el incremento de los niveles de adrenalina y noradrenalina pueden aumentar la presión sanguínea, lo que más perjudica la salud son los glucocorticoides. La exposición prolongada a niveles altos de estas hormonas puede incrementar la presión sanguínea y los niveles de colesterol aumentado el riesgo de colapso cardiovascular, dañar al tejido muscular, desembocar en la infertilidad, inhibir el crecimiento, inhibir la respuesta inflamatoria y deprimir el sistema inmunologíco, fomentando el crecimiento de tumores malignos, y exacerbando alergias y  enfermedades autoinmunológicas (atacando a los tejidos del propio cuerpo) También puede lesionar el hipocampo y algunos investigadores creen que los glucocorticoides aceleran el proceso del envejecimiento.

Debido a que las consecuencias perjudiciales de muchas formas de estrés derivan de nuestra respuesta al mismo, las diferencias individuales en las variables de personalidad pueden alterar los efectos de las situaciones estresantes (Carlson 1997)

Muchos de los efectos perjudiciales del estrés a largo plazo son originados por nuestras propias reacciones, principalmente por la secreción de hormonas del estrés. Algunos acontecimientos que generan respuestas de estrés, tales como un esfuerzo prolongado o un frío extremo, causan daño directamente. Estos estresores afectan a todo el mundo, aunque su gravedad dependerá de la capacidad física de cada persona. El efecto de otros estresores, como las situaciones que generan miedo o ansiedad, depende de la percepción de las personas y de su reactividad emocional. Es decir, debido a las diferencias individuales de temperamento o a la experiencia ante una situación en particular, algunas personas sufriran una situación estresante y otras no lo harán.

Cuando las demandas de la situación se han solucionado con la respuesta que produce el sujeto, el organismo vuelve a un estado de equilibrio, pero si estas respuestas de estrés se repiten con excesiva frecuencia, intensidad o tiene una duración prolongada, quizá el organismo no pueda recuperarse y se produzca la aparición de problemas de salud.

El estrés puede ser claramente peligroso para la propia salud. Algunas enfermedades, tales como las úlceras pépticas, con frecuencia están originadas por las respuestas fisiológicas que acompañan a las emociones negativas. Otros trastornos, como los ataques cardiacos, la apoplejía, el asma, los problemas menstruales, los dolores de cabeza y las erupciones cutáneas, pueden ocurrir en ausencia de estrés pero se agravan con él. Carson en 1997 llega a concluir que No hay duda de los efectos perjudiciales del estrés sobre la salud”.

 

Antonio Núñez Partido, PsicólogoClínico, Colegiado M-3071

Dr. en Psicología, Profesor y Director del Servicio de Atención Psicológica de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid

Miembro de la SEPTG,

Didacta Estable de la A. Psicoterapeutas Laureano Cuesta (FEAP), Miembro de la Sociedad Española de Psicoterapia Bioenergética y de la de Psicosomatoterapia

 

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[1].   Denominadas epinefrina y norepinefrina en Estados Unidos.

[2].   A partir de ahora, SNS.

[3].   La dopamina es una hormona de origen esencialmente cerebral. Funciona como un neuromediador o regulador que, junto a la noradrenalina, interviene en las llamadas reacciones de adaptación.

[4].   El hipotálamo es una de las estructuras mas importantes del cerebro, involucrado en el aprendizaje y la memoria, el control del Sistema Autónomo y  de las funciones vegetativas tales como la secreción de hormonas (Eichenbaum & Otto 1992; Jacobson & Sapolsky 1991) Y como veremos mas adelante muy sensible a ser dañado por el estrés crónico (Sapolsky 1992; McEwen 1999)

[5].   Estos primates se organizan socialmente en varias jerarquías y estructuras de clase. Los congéneres que ocupan situaciones sociales más bajas están sometidos a una persecución casi permanente por todos los demás, por lo que están sometidos a una situación de estrés crónica.

[6].   A partir de ahora le llamaremos SNC.

[7] .  Labrador y Crespo denominan a TSH como Factor Estimulante del Tiroides, cuando creemos que sería más correcto denominarla como Hormona Estimulante del Tiroides.

[8].   Expresado por ellos como eje adrenal-hipofisario

[9].   Otros autores se empeñan en ampliar el número de variables a considerar en el riesgo ECC y ECV, integrando la ansiedad y la depresión entre los factores relevantes en el desarrollo, expresión clínica y pronóstico de la enfermedad (Speidel y cols., 1990; Littman, 1993; Shapiro, 1996) o incluso proponiendo nuevos constructos psicológicos, como en el caso de los trabajos de Denellet (Denollet y Brutsaert, 1995 Debnollet y cols., 1996; Denollet y Brutsaert, 1998) y su propuesta de tipo D (distresses personality), que se define por la interacción de dos rasgos de personalidad: afectividad negativa e inhibición social. Postura esta última no exenta de duras críticas (Carney, 1998) que consideran que Denollet y su equipo han ido más allá de sus datos al asegurar que han identificado un rasgo de personalidad distinto a la ansiedad, depresión e ira.