¿Cómo y dónde se aprende la violencia? Papel de la familia

Mª. Teresa Pi Ordóñez. Psicóloga. Centre de Salut Mental Infantil i Juvenil del IAS de Girona. Miembro de la SEPTG.

Volver


¿Existe el gen de la violencia? A pesar de los diversos estudios realizados al respecto, el origen de los comportamientos violentos no parece responder a una única causa genética o ambiental sino a un conjunto de ellas que se dan de forma sumatoria.

La violencia se relaciona estadísticamente con una larga lista de factores de riesgo psicosocial: hogares rotos, monoparentalidad, parentalidad en la adolescencia, desacuerdo familiar, abuso, negligencia, educación coercitiva, falta de supervisión, criminalidad familiar, pobreza, familias numerosas, grupos de iguales delincuentes, bajo nivel de escolarización y vivir en un área socialmente desorganizada (Farrington, 1995, 1996; Hirschi & Gottfredson, 1994; Junger-Tas, 1992; Loeber & Stouthamer-Loeber, 1986). La relación más potente se da en el caso de la criminalidad familiar. ¿Hasta qué punto esto puede relacionarse con predisposiciones genéticas? La tendencia a romper las relaciones, a dificultades de socialización, a educar de manera coercitiva, etc., podría responder a características genéticas transmitidas de generación en generación; pero diversos estudios van en contra de esta hipótesis al menos como explicación única: Niños adoptados en la primera infancia que procedían de familias en las que se daban dichas variables presentaban correlaciones entre el 0,06 i el 0,08 en la presencia de trastornos conductuales por agresividad, mientras que los que se habían mantenido en sus familias de origen dicha correlación estaba entre el 0,24 y el 0,36 (Plomin, 1994). Este hecho nos dice algo sobre el papel que juega la familia en la transmisión de modelos de conducta violentos. El tema sería cómo se transmite.

Empezaré hablando de las primeras relaciones, de la entrada a la vida de un ser humano. El bebé empieza a existir en el imaginario de los padres mucho antes de que nazca. Puede representar al Mesías, salvador de las carencias familiares o aparecer en medio de una situación adversa y sentirse como un intruso o ambas cosas a la vez dependiendo del momento. Lo que los progenitores imaginan ya empieza a estructurar lo que será la futura relación con el hijo y, una vez nacido, ésta se irá desarrollando a partir de la interacción entre la capacidad de los padres para interpretar, respetar y responder a las demandas del bebé y la forma de ser de éste.  Imaginemos un bebé tranquilo, que come bien, duerme bien, responde a los cuidados que se le prodigan, es simpático... Quizá los adultos tengan algún problema, pero la actitud del niño les provoca ganas de seguir cuidándolo y se sienten bien con él. Si los problemas son muy importantes, por lo menos es difícil que les provoque agresividad y quizá haya alguien del entorno que pueda hacerse cargo de él si los padres no están predispuestos a ello. Si el niño recibe los cuidados que necesita de forma contingente, por las mismas personas y de forma continuada en el tiempo, acabará creando un vínculo seguro que le servirá de factor de protección contra las adversidades de su entorno. Puede ser que no reciba siempre los cuidados que necesita y que desarrolle el sentimiento de que raramente acude alguien cuando se siente mal. Si al menos recibe una atención mínima a sus necesidades vitales, posiblemente desarrollará una vinculación insegura evitativa negándose la posibilidad de pedir ayuda si se siente mal y desarrollando una necesidad de control del medio y de sus sentimientos que difícilmente le permitirá establecer relaciones de confianza en el futuro. Será diferente si la atención que recibe es fluctuante: a veces mucha y usualmente respondiendo a reacciones de desespero y otras ninguna a pesar de sus llamadas. Nunca sabrá si puede contar o no con los otros. Otro tema será si sufre maltratos o negligencias importantes. Su confianza en los demás será nula y además los verá como enemigos si no encuentra a alguien que le demuestre lo contrario. De todos modos es posible que en algún momento de su infancia encuentre a alguien: un maestro, educador, otros adultos cercanos... que sientan simpatía por él y le ayuden en su evolución favoreciendo la aparición de factores de protección.

Hasta aquí he hablado del bebé encantador, que no da problemas y generalmente provoca sentimientos positivos en los adultos que le cuidan, pero: y si se trata de un bebé de temperamento difícil, llorón, que no duerme, come mal o con excesiva avidez, que no para de moverse, no responde a los intentos de consolarle, es arisco... Raramente los padres se sentirán orgullosos de él a no ser que tengan mucha paciencia y sientan mucho amor. Si además tienen dificultades: hablaba de monoparentalidad, hogares rotos, desestructuración familiar, delincuencia, poco apoyo social... etc., al principio. ¿Qué estilo de vinculación se desarrollará? Posiblemente los adultos que se encuentran en estas situaciones presenten problemas de adaptación social debido a un desarrollo deficitario. Estadísticamente se ve que las carencias se transmiten de generación en generación: ¿Cómo llega una adolescente a quedarse embarazada y además sin apoyo familiar? ¿De qué hogares provienen las parejas que no pueden mantener relaciones estables? ¿Qué modelo social tiene alguien que pasa por encima de los derechos de los demás para conseguir sus fines? Nacer en un medio así tiene sus inconvenientes. Posiblemente la rabia acumulada encuentre salida en las actuaciones violentas contra los demás, contra cualquiera que no responda a lo que esperamos, que nos niegue algo a lo que creemos tener derecho o simplemente debido a que existe y nos recuerda nuestra miseria. ¿Quién que no se haya sentido nunca respetado o reconocido, sino herido y maltratado puede desarrollar sentimientos de solidaridad hacia los demás?

En los años 60 era común culpar a las familias de las carencias y problemas de los hijos. Esto provocó en los 80 una reacción contraria, legítima por otro lado. Pero no podemos pasar por alto la responsabilidad que tiene la familia de educar a sus vástagos y el papel que juega en la visión que les ofrece del mundo y de los demás. Esto no significa que sean culpables de los problemas de los hijos, pues ¿quién lo sería de sus propias dificultades? ¿La generación anterior? Por ahí nos podríamos remontar a épocas en las que nadie se planteaba estos temas y además la agresividad era valorada como virtud en la lucha contra los enemigos y por ahí se canalizaba. Aun existen países en que es así. El problema aparece cuando no hay enemigo reconocido. ¿Hacia dónde canalizar la rabia? Todos sabemos lo fácil que es mantener a un grupo unido mientras se lucha contra un enemigo exterior, pero la falta de éste nos deja solos y enfrentados a nuestras propias miserias. No es fácil sobrevivir a una situación así si no podemos confiar en nadie o nunca hemos percibido al otro, diferente, como semejante.

Se da otra situación que no se ha mencionado antes. Es la del bebé muy deseado, nacido en una familia que no desea repetir los “errores” de sus padres que les han educado de forma autoritaria y se plantean “dárselo todo”. Responden a todas sus necesidades y a lo que imaginan que pueda hacerle feliz aunque no lo pida. Raramente lo frustran o le marcan un límite. Su vida está supeditada a los deseos del hijo. Sus actuaciones responden más al deseo de cómo les hubiera gustado ser tratados en su propia infancia que a las necesidades reales del niño. De hecho cuidan a su parte infantil, no al hijo que a los pocos años con su conducta les indica su necesidad de ser limitado. A veces tiene éxito y la actitud de los padres cambia, pero otras no, e interpretan el malestar del niño como que no le dan lo suficiente y la rueda cada vez se hace mayor. Cualquier frustración, por pequeña que sea es vivida como una agresión que puede romper su estructura personal enormemente frágil. En la adolescencia puede buscar grupos de referencia que le confirmen en su superioridad, pues muy en el fondo conoce su debilidad y hará lo posible por negarla. También puede ser que se monte su propio mundo alejado de la realidad y enfrentado a todo lo que no sienta que está en sintonía con él. De ahí suelen surgir las conductas de desprecio hacia lo que se ve como diferente. Los otros no tienen ningún valor. En todo caso son instrumentos para llegar a conseguir lo que creen que les hará felices.

También existe el caso en que aparentemente no se ha dado ninguna de estas condiciones que pueda explicar la tendencia a la violencia. Moffit (1993) describía el caso de niños, especialmente varones, que desde la más tierna infancia y sin una explicación ambiental clara, presentaban conductas agresivas que se iban manteniendo a lo largo de la vida y desembocaban en la delincuencia, la violencia familiar y otras manifestaciones que impedían la adaptación social de estas personas. Quizá en estos sí exista un gen que les predisponga a actuar de esta forma. De todos modos en los últimos 50 años la tendencia a presentar conductas violentas ha aumentado considerablemente y esto nos hace plantearnos qué tiene nuestra sociedad para que genere aparentemente tanta violencia. Las matanzas masivas e indiscriminadas de los “locos del Vietnam”, antiguos héroes, que nos alarmaban hace veinte años ya no parecen tan alejadas de nuestra realidad. Quizá la tendencia a la violencia ha estado siempre ahí pero existían suficientes guerras como para canalizarla. Poco a poco nos vamos quedando sin enemigos y las prácticas educativas aun no han evolucionaldo lo suficiente como para crear en la mayoría de niños la confianza básica y respeto hacia lo que es diferente necesarios para sobrevivir en nuestra sociedad. Por un lado se habla de solidaridad, respeto y libertad. Por el otro se afirman las diferencias, se desprecia al semejante, se pisan las libertades... Todo en nombre del bien común. Y no son personas diferentes las que lo hacen, sino los mismos dependiendo de la situación. Triunfan los “listos”: capaces de exhibirse, pasar por encima de los demás rodeando la ilegalidad y sobretodo haciendo lo que sea con tal de ganar dinero. Es una época difícil la nuestra en la que no existen certezas y todo parece estar permitido, aunque esta permisibidad es únicamente aparente. ¿Podemos responsabilizar únicamente a las familias de los modelos que transmiten? La mayoría están tan confusas como todos. El saber que se les suponía antes lo han perdido: El pediatra les dice como deben criar a sus hijos; la asistente social controla sus prácticas educativas, y más si forman parte de la franja de la sociedad más desfavorecida; los que se supone que entienden de educación son los maestros aunque tampoco parece que salgan muy bien parados. El sentido común pierde prestigio, pues no es científicamente demostrable. Algunos derechos mal entendidos se convierten en obligaciones, como el de la escolarización obligatoria hasta los 16 años que no tiene nada que ver con el derecho a la educación.

Nuestra historia está llena de violencia, de afirmación de unos contra otros. A lo largo de los siglos han existido grandes matanzas juzgadas como crueles o necesarias dependiendo del bando de donde provenían. No es fácil desprenderse de la historia, sobretodo si no se conoce y no se ha podido elaborar mínimamente y aprender de ella. Los rencores y deudas inconscientes quedan ahí si no se sacan a la luz – quizá un día se descubrirá la porción de ADN que almacena lo olvidado, lo que no hay palabras para describir – y llega un momento en que despertado por un estímulo aparentemente inócuo aparece. Se ha descrito este hecho bajo el nombre de transmisión intergeneracional (B. Golse): Acontecimientos que han marcado a alguien de una generación anterior y que se han silenciado, determinan síntomas en personas de generaciones posteriores, que aparentemente no tienen nada que ver con su historia personal. A partir del proceso terapéutico y de indagar en la historia familiar se han podido elaborar los hechos con la consecuente desaparición de síntomas.

Aun tenemos mucho que aprender y reflexionar. ¿Es posible un mundo sin violencia? ¿Existe en el momento actual más o menos violencia que hace 50 años? ¿Y hace 500 años? Creo que el simple hecho de poder reflexionar en este Symposium sobre el tema y de que no sea algo aislado, sino que desde diferentes foros incluyendo los medios de comunicación masiva, también se haga, indica que algún paso adelante estamos dando. Posiblemente – como decía un ponente en el último congreso de la IAGP en Jerusalen – podamos abandonar la era de Armageddon para entrar en la de Acuario.

Volver